Se tenía que decir y…

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Algunos de los horrores del Comunismo

Hace unos días leímos la noticia de que próximamente en las escuelas del estado de la Florida se comenzaría a enseñar las atrocidades y crímenes cometidos por el comunismo.

Se trata de la ley CS/CS/SB 1264, aprobada en 2024 para hacer obligatoria la enseñanza sobre la historia y los horrores del comunismo, -incluyendo las tácticas de movimientos y activistas comunistas-, así como su impacto histórico y social en las escuelas públicas. Este plan de estudios se implementa a partir del presente curso escolar 2026-2027 para estudiantes desde kindergarten hasta el grado 12.

La ley no se limita a enseñar las atrocidades, también exige una enseñanza apropiada para la edad y el desarrollo del educando; incluyendo historia del comunismo en Estados Unidos, movimientos comunistas domésticos, crímenes cometidos bajo regímenes comunistas, comparación de ideologías políticas, la Revolución Cultural y las políticas comunistas de Cuba y su expansión por América Latina.

¿Es la ley CS/CS/SB 1264 una decisión inteligente y necesaria?

Obviamente apareció el coro habitual de voces “democráticamente horrorizadas” preocupadas por los traumas que le pudieran causar, a los menores, esos contenidos. No es de extrañar, y no está mal que suceda en un país donde prima la democracia y el respeto a la libre expresión.

Es normal que existan opiniones encontradas, aunque a veces sean tan dispares y discordantes que se asemejan más a un coro de gatos enamorados en un tejado vecinal.

Por mi parte creo que la medida es correcta, para no perder la memoria histórica y evitar el olvido natural o el forzado por ciertas agendas. Similar a como sucedió al finalizar la Segunda Guerra Mundial cuando se documentaron los horrores cometidos por el nazismo, especialmente en los campos de exterminio.

Si no se hubiera tenido esa precaución, ahora sería muy difícil demostrarle a los “democráticamente horrorizados” que eso sucedió. Y aún así lo siguen negando.

Veamos solamente algunos ejemplos de las innumerables vejaciones morales y masacres más conocidas, llevadas a cabo por los regímenes comunistas.

Purgas, Salto Adelante, Ardua Marcha, Revolución Cultural y más de lo mismo

Comencemos por las purgas estalinistas, un “clásico” del comunismo, también conocidas como la Gran Purga o el Gran Terror. Una serie de campañas de represión y persecución política en la Unión Soviética entre 1936 y 1938.

Como es sabido, Joseph Stalin ordenó arrestos masivos, juicios falsos, ejecuciones (se estiman alrededor de 750,000) y el envío a los campos de trabajo forzado (se estiman alrededor de 800,000) del Gulag para eliminar a cualquier opositor real o imaginario.

Otro ejemplo es el llamado Gran Salto Adelante, un plan económico y social impulsado por Mao Zedong en China entre 1958 y 1962. Según los objetivos declarados, buscaba transformar rápidamente al país en una potencia industrial moderna mediante la colectivización forzosa y comunas populares.

El fracaso de esas medidas descabelladas causó una de las mayores hambrunas que registra la historia moderna.

Mediante la coerción se eliminó la propiedad privada y se agrupó a millones de campesinos en granjas colectivas. La caída drástica en la producción de alimentos provocó la muerte por inanición y enfermedad de, -al menos-, 15 millones de personas entre 1959 y 1961; aunque algunos estudios ofrecen cifras considerablemente mayores.

Ni Salto, ni Adelante; todo lo contrario.

Pero los comunistas chinos no cejaron en su empeño, sino que apostaron doble.

A continuación, pusieron en práctica la tenebrosa Revolución Cultural, que de “cultural” no tenía nada; pero de represión pura y dura, muchoEsta fue una jugada política y social impulsada por Mao Zedong entre 1966 y 1976. Su meta oficial era eliminar el capitalismo y las ideas burguesas para purificar el comunismo, pero en la práctica sirvió para que Mao recuperara el poder absoluto tras el fracaso del Gran Salto Adelante.

En un movimiento muy calculado, Mao convocó a las masas a rebelarse contra las autoridades tradicionales y los dirigentes del partido considerados “moderados”.

Jóvenes estudiantes formaron milicias leales a Mao. En otros momentos y lugares, distintos gobiernos comunistas han recurrido también a organizaciones de movilización y vigilancia política, como los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba o los llamados colectivos en Venezuela. El objetivo: aterrorizar a la población e imponer sus ideas a la fuerza bruta.

Estas bandas chinas persiguieron, humillaron y atacaron a profesores, intelectuales y opositores políticos. Se destruyeron templos, obras de arte, libros y costumbres tradicionales bajo el lema de erradicar los llamados Cuatro Viejos: hábitos, ideas, costumbres y cultura.

Más de 12 millones de jóvenes urbanos fueron enviados al campo para realizar trabajos pesados y aprender del campesinado, para “purificar sus almas revolucionarias” a través del trabajo duro en los campos.

El país cayó en luchas violentas entre facciones y el colapso administrativo, lo que obligó a Mao a usar al ejército para frenar el descontrol. Esa caza de brujas, orientada por el Partido Comunista Chino, organizó la destrucción del patrimonio histórico y afectó a millones; marcando una de las etapas más oscuras de la China moderna.

Seguimos con otros comunistas asiáticos: el régimen de los Khmer Rojos en Camboya (1975–1979), que, con sus políticas de “reeducación de la sociedad” provocó la muerte de casi 2 millones de personas, lo que representaba aproximadamente el 25% de la población del país.

Liderado por Pol Pot, responsable de uno de los regímenes de exterminio más brutales del siglo XX, este grupo extremista buscó implantar una utopía agraria comunista radical mediante el uso sistemático del terror, el exterminio masivo y la ingeniería social extrema.

Toda la población urbana fue obligada, de manera violenta, a migrar hacia el campo donde realizaban trabajos forzados agrícolas de hasta 16 horas diarias. Miles de ancianos, enfermos y niños murieron en esos trayectos por falta de agua y alimentos.

Entre otras aberraciones se cuentan que quienes eran considerados traidores terminaban en fosas comunes fuera de las ciudades; siendo asesinados a golpes con azadones, machetes o cañas de bambú.

Poseer libros, hablar idiomas extranjeros o usar gafas era motivo de ejecución. Se prohibió el uso del dinero, la propiedad privada y las prácticas religiosas. También separaron a los niños de sus padres para poder adoctrinarlos mejor.

Eso era a los que sobrevivían por puro milagro, porque era frecuente que los soldados estrellaran a los bebés contra los árboles, supuestamente para evitar futuras venganzas familiares.

Otra de las “estrellas” del comunismo es Corea del Norte, la que sufrió la gran hambruna conocida como la Ardua Marcha entre 1994 y 2000 (con su pico en 1997), donde murieron más de un millón de personas por inanición, acompañada de ejecuciones públicas y represión masiva en campos de prisioneros políticos.

La magnitud exacta de la tragedia sigue siendo difícil de establecer debido al aislamiento del país y a la falta de estadísticas independientes, flagelos comunes a todos los regímenes totalitarios comunistas. Las estimaciones de investigadores y organismos especializados oscilan ampliamente, aunque alrededor de dos millones de muertos suele considerarse una cifra razonable, lo que representaría al 10% de la población total.

El aislamiento estricto, el cierre prolongado de fronteras y el control férreo mantienen al país en déficit crónico de alimentos, con reportes recurrentes de escasez severa y vulnerabilidad extrema que llegan hasta nuestros días.

Lo más bajo de la escala humana: el Holodomor

Volviendo a la antigua Unión Soviética, el supuesto “faro y guía” de los regímenes comunistas a nivel mundial; recordemos el Holodomor, una hambruna provocada y agravada deliberadamente por decisiones del Estado soviético entre 1932 y 1933.

Este macabro pasaje muestra cuan frío, calculador y letal suelen ser los regímenes comunistas.

En los planes partidistas soviéticos el hambre debía desaparecer, casi por decreto; porque así lo “dictaba la historia ya que la sociedad comunista era la llamada a resolver todos los males del mundo”. Pero, para desgracia del pueblo soviético, sucedió todo lo contrario.

Cuando millones de campesinos comenzaron a morir en Ucrania, una de las “repúblicas” sometidas al yugo ruso-soviético, muchos burócratas partidistas atribuyeron las defunciones al agotamiento, la vejez o distintas enfermedades. Registrar abiertamente el hambre como la verdadera causa podía revelar una catástrofe que el régimen de Stalin insistía en negar.

Pero la historia no miente, la crisis no surgió simplemente porque las cosechas fueran insuficientes.

Desde 1929, el gobierno central había obligado a los campesinos a entregar sus tierras, animales y herramientas de trabajo para integrarse en granjas colectivas. Quienes se resistían podían ser clasificados como kulaks, despojados de sus propiedades, deportados o encarcelados.

A Ucrania, una de las regiones agrícolas más productivas de la Unión Soviética, se le exigieron cuotas de entrega de grano imposibles de cumplir. Cuando las aldeas no alcanzaban las cantidades exigidas, sobre ellas se abalanzaban brigadas de funcionarios y activistas políticos que registraban viviendas, graneros, patios y en cuanto lugar pudiera ocultarse un grano de cereal.

No confiscaban únicamente trigo. Se llevaban semillas reservadas para la siguiente siembra, animales domésticos, alimentos que ya estaban preparados y todo lo demás que quisieran, en nombre del Estado Soviético y del Hombre Nuevo. Las familias perdían al mismo tiempo la comida del presente y la posibilidad de producirla en el futuro.

En agosto de 1932 entró en vigor una norma conocida popularmente como la Ley de las Cinco Espigas. Recoger restos de cereal en un campo colectivo podía ser considerado robo de propiedad estatal y castigarse con años de prisión o incluso con la muerte.

Aunque fue una norma soviética de alcance general a todo el país, obviamente tuvo consecuencias especialmente devastadoras en las regiones afectadas por la hambruna.

Después los soviets se superaron aún más, y llegaron las llamadas listas negras.

Las aldeas acusadas de sabotear las entregas exigidas eran aisladas. Se suspendía el comercio, se retiraban los productos de las tiendas y se prohibía la entrada de mercancías. En algunos lugares, fuerzas de seguridad vigilaban los caminos para impedir que la población saliera.

Incluso, cuando los campesinos intentaban viajar hacia otras regiones en busca de algo tan básico como el pan, el régimen también prohibía, -usando la fuerza-, esa posibilidad. Un bloqueo de aniquilación en toda la regla.

En enero de 1933, una orden firmada por Stalin y Viacheslav Mólotov prohibió que los habitantes de Ucrania y del Kubán abandonaran las zonas afectadas. Quienes se aventuraban eran retornados nuevamente a las aldeas de donde habían escapado porque ya no quedaba comida.

La hambruna alcanzó su punto más devastador durante la primavera y el comienzo del verano de 1933.

Las familias consumieron raíces, hierbas y sustitutos incapaces de sostener sus organismos. Los niños y los ancianos fueron especialmente vulnerables. En muchas comunidades ya no quedaban personas con fuerzas suficientes para cultivar los campos o enterrar a quienes morían.

Las ciudades tenían sistemas de racionamiento que protegían a determinados trabajadores. El campo, donde se producía el alimento, soportó la mayor parte de la mortalidad. Otra paradoja comunista.

El hambre también afectó a otras regiones de la Unión Soviética, especialmente Kazajistán, el norte del Cáucaso y el valle del Volga. Sin embargo, en Ucrania las confiscaciones fueron acompañadas por medidas dirigidas contra instituciones culturales, intelectuales y políticas relacionadas con la identidad nacional.

El régimen soviético no solo buscaba imponer la colectivización. También pretendía destruir cualquier resistencia que pudiera desafiar el control totalitario de Moscú.

Esta situación crítica recibió el nombre de Holodomor, que viene de unir dos palabras en ucraniano: holod, que significa “hambruna”, y mor, que significa “matar” o “exterminar”. Juntas se traducen como “muerte por hambre” o “matanza por inanición”.

Durante el Holodomor, la hambruna extrema llevó a miles de personas a una situación límite de desesperación. Se documentaron muchos casos de canibalismo y antropofagia, donde la población, -consumida por el hambre absoluta-, recurrió a devorar cadáveres, e incluso se registraron casos de infanticidio y comercio de carne humana.

Lo que sucedió fue que ante la falta absoluta de grano, animales o plantas; la demencia por inanición destruyó los frenos morales y sociales en las comunidades más afectadas, degradando al ser humano a la escala más baja imaginable.

Los expedientes de la policía secreta soviética (GPU) contienen registros detallados de cientos de condenas por “necrofagia” y canibalismo, reflejando el grado de descomposición humana al que condujo la política de colectivización forzosa y confiscación total de alimentos.

Calcular el número exacto de víctimas continúa siendo difícil porque muchas muertes nunca fueron registradas, familias completas desaparecieron y los documentos oficiales fueron manipulados. Las reconstrucciones demográficas modernas estiman cerca de 4 millones de muertes.

A estas pérdidas se sumaron millones de nacimientos que nunca se produjeron y las consecuencias psicológicas, prolongadas en el tiempo, sobre comunidades enteras.

La magnitud del desastre quedó expuesta por el censo soviético de 1937. Los resultados mostraron una población mucho menor de la que Stalin había anunciado. El gobierno anuló el censo y varios de sus responsables fueron arrestados y ejecutados.

Durante décadas, el Holodomor apenas podía mencionarse públicamente dentro de la Unión Soviética. Los supervivientes conservaron la memoria en conversaciones familiares, muchas veces pronunciadas en voz baja por temor a nuevas represalias.

Ucrania y numerosos países reconocen actualmente el Holodomor como genocidio provocado por las decisiones tiránicas del régimen soviético, que transformaron una grave crisis agrícola en una matanza masiva y evitable.

El régimen dictatorial de Iósif Stalin provocó y agravó deliberadamente una hambruna en Ucrania que sirvió como instrumento de castigo y represión para doblegar al campesinado y destruir buena parte de la resistencia nacional ucraniana.

Y llegados a este punto, espero que mi pregunta del inicio: ¿Es la ley CS/CS/SB 1264 una decisión inteligente y necesaria?  ya haya tenido respuesta.

LV,  NV

08/08/2026



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