
Acabo de leer la nota dejada en la red Truth Social por el presidente de los Estados Unidos, que parece tan alentadora como inesperada:
“El acuerdo con la República Islámica de Irán ya está cerrado. ¡Felicidades a todos! Por la presente, autorizo plenamente la apertura del estrecho de Ormuz sin peajes y, simultáneamente, autorizo el levantamiento inmediato del bloqueo naval de los Estados Unidos. Barcos del mundo: ¡arranquen motores! ¡Que fluya el petróleo! Presidente DONALD J. TRUMP”
Según la Casa Blanca, el presidente ha logrado un histórico acuerdo de paz con Irán, remarcando que este es un momento trascendental para la diplomacia estadounidense. Al parecer este acuerdo de paz con Irán le pondría el punto final a décadas de hostilidad, aportando la necesaria estabilidad a una de las regiones más volátiles del mundo.
Ante este mensaje no tengo otro sentimiento que el escepticismo, y lo digo con las mayores ganas de estar equivocado.
La historia no deja de enseñarnos que, para lograr un acuerdo efectivo, que termine de una vez y para siempre un conflicto bélico, es preciso comprender la psicología del enemigo. Ignorar esta constante lo único que hace es repetir los errores de siempre: cerrar la herida en falso.
Veamos el caso que nos ocupa, el conflicto Estados Unidos-Irán-Israel. En los últimos días, y dentro de uno d ellos tantos precarios ceses al fuego que han existido, Irán ha derribado un helicóptero estadounidense, ha atacado el aeropuerto internacional de Kuwait, ha amenazado la zona de Ormuz con drones y ha lanzado misiles contra Israel.
Por su parte, Estados Unidos ha respondido a esos ataques de manera contundente y masiva e Israel ha continuado sus bombardeos en el Líbano y las operaciones militares en Gaza mientras prepara, según las mismas palabras de su primer ministro, una adecuada respuesta a los ataques iraníes.
Para todos está claro que este no es el comportamiento de unos adversarios que anhelan terminar con el infierno de la guerra y llevar la paz a sus países, aunque la lógica indica que Irán sería el más interesado en este pacto, y que fuera duradero.
Por otra parte, Teherán también ha condicionado a sus negociaciones con Washington los intereses de Hezbola, su representante oficial en el Líbano. Poniendo barreras, unas tras otras, solo puede pensarse que el régimen sigue ansiando la desestabilización de la región, la desaparición de Israel y el colapso de Occidente.
Mientras gana tiempo, treta que ya deben conocer bien los dirigentes de Occidente, Irán ha estado trabajando arduamente para seguir enriqueciendo sus reservas de uranio en lugares donde, en esta ocasión, les ha sido imposible acceder a la inteligencia israelí ni a la maquinaria militar norteamericana.
Esto ha hecho que, asegurar dicho material, principal objetivo de Estados Unidos al atacar a Irán, resulte mucho más difícil; incluso si este fuera el acuerdo definitivo.
Según especialistas, elevar el nivel de enriquecimiento del uranio es mucho más sencillo de lograr que en las etapas iniciales del proceso, lo cual es lo que debe preocupar más aún. Ese es el verdadero peligro, el escalamiento en el tiempo.
¿Dónde podría estarse llevando a cabo tal enriquecimiento? Se especula que la posible ubicación es Kuh-e Kolang Gaz-la, una instalación nuclear ultrasecreta, fuertemente fortificada y situada a gran profundidad bajo tierra. Curiosamente, los negociadores iraníes han dejado esta instalación fuera de las discusiones hasta ahora.
Entonces, puede concluirse que sus intenciones no son claras y esperan salirse con la suya, obteniendo el arma nuclear a toda costa, en un futuro. Si bien les tomaría un poco más del tiempo calculado inicialmente, la tozudez con la que manejan su política interna e internacional explica claramente por qué no cejan en esta idea fija.
Además, y como se esperaba, Teherán ha aprovechado los intermitentes altos el fuego, para reconstruir febrilmente sus emplazamientos de misiles, lanzaderas y capacidades de producción militar. Lo ha hecho a un ritmo que ha sorprendido, incluso, a los servicios de inteligencia occidentales. Se pudo conocer que, durante el intercambio de ataques de la semana pasada, Israel se centró en eliminar las nuevas baterías antiaéreas que habían aparecido durante la tregua.
No es de extrañar que el régimen siga prefiriendo utilizar sus escasos recursos para producir más armamento que para mejorar la vida de sus ciudadanos, como ha sucedido históricamente a lo largo de más de 40 años.
Arrinconado por el fallo en sus objetivos iniciales, Donald Trump se encuentra tan desesperado por lograr un acuerdo que esa es una de las tres principales cartas que usan los ayatolás en las “negociaciones”; junto a la del desgaste político y la posibilidad que el mandatario estadounidense se vea forzado a terminar, de golpe, el conflicto como resultado de las elecciones de medio término que se avecinan.
A pesar de que, durante su primer mandato Trump retiró a Estados Unidos del abominable acuerdo nuclear de Barack Obama, -el cual había proporcionado al enemigo una inyección de miles de millones de dólares gracias al alivio de las sanciones-, el régimen también ha sabido mover sus fichas en el terreno diplomático.
El jueves pasado, líderes de Catar y de los Emiratos, junto con el jefe de defensa de Pakistán, instaron a Trump a no atacar a Irán “con mucha dureza esta noche”, tal como había amenazado en Truth Social.
En cuestión de horas, esa amenaza pasó a engrosar, junto a otras como aquella de “toda una civilización morirá esta noche” o “solo verán un gran resplandor saliendo de Irán”, la debilidad crónica de la administración estadounidense en momentos decisivos.
Muchos creyeron que la actuación de Trump sería diferente y definitiva. Desde Reagan hasta Obama, la historia ha sido siempre la misma: Teherán mantiene a Washington a la espera, jugando al factor tiempo, mientras avanza en sus planes históricos para la destrucción de los judíos y de todo Occidente.
Ahora que Trump ha malogrado la planificación militar de una devastadora campaña (por falta de la inteligencia correcta o la subestimación de un enemigo que lleva decenios preparándose para este momento), erosionando la capacidad de disuasión estadounidense ante el mundo, y fracturando alianzas hasta casi el punto de no retorno; podríamos acabar donde empezamos, o incluso peor.
El régimen de los ayatolás ha mantenido, históricamente, la misma convicción: una guerra apocalíptica contra Occidente no importa cuántos de sus ciudadanos y fieles alrededor del mundo tengan que morir, -eso no es relevante para ellos-, provocará que una figura mesiánica emerja del anonimato y conduzca a los fieles chiíes a la dominación mundial marcando el fin de los tiempos.
Los defensores del acuerdo deben inclinarse a pensar que la lógica indica que, incluso los regímenes ideológicos, pueden comportarse racionalmente cuando está en juego su supervivencia. La pregunta no es si los ayatolás desean preservar el régimen, sino si consideran que dicho objetivo es compatible con la obtención futura de capacidades nucleares y con la continuación de su proyecto regional.
Esa sigue siendo su realidad. Con semejante planteamiento formateado en las mentes de los ayatolás, es imposible llegar a un acuerdo confiable, real y duradero.
Será interesante observar qué sucede durante los próximos meses. Si el acuerdo conduce a inspecciones efectivas, reducción verificable de capacidades militares y disminución real de la tensión regional, los defensores del pacto tendrán argumentos sólidos. Si, por el contrario, el tiempo demuestra que Teherán utilizó la negociación para reorganizarse, reconstruir capacidades o avanzar en otras áreas ocultas, entonces se cumplirá de nuevo la historia.
Los acuerdos no se juzgan por el día en que se firman, sino por lo que ocurre varios años después. Ahí es donde suele aparecer su verdadero significado.
LV, NV 06/14/2026

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