Se tenía que decir y…

Historia, Geopolítica y más. Una visión sin filtros.


La Guerra de los Algoritmos. (Parte II)

Cómo la Inteligencia Artificial y las Armas Autónomas Transformarán los Conflictos del Siglo XXI

V. La guerra de los enjambres: cuando la cantidad se convierte en inteligencia

Durante siglos, los estrategas militares han buscado concentrar fuerzas en el punto decisivo del campo de batalla, lo cual garantizaba un éxito seguro en la inmensa mayoría de los conflictos.

Sin embargo, la inteligencia artificial está dando origen a un concepto completamente distinto: la capacidad de distribuir el poder de combate entre cientos o miles de plataformas autónomas que operan, a su vez, como un organismo colectivo.

Como toda buena táctica, la inspiración proviene de la naturaleza que nos rodea.

Las hormigas construyen estructuras complejas sin una autoridad central visible. Los bancos de peces cambian de dirección de manera sincronizada. Las bandadas de aves realizan maniobras extraordinariamente coordinadas sin necesidad de un líder permanente.

En estos casos, cada individuo posee información limitada, pero el conjunto de ellos desarrolla comportamientos altamente sofisticados. Los ingenieros militares han estudiado durante años estos fenómenos con el objetivo de replicarlos mediante sistemas artificiales.

El resultado es el concepto que han denominado enjambre autónomo, el cual se basa en que, en lugar de depender de un único sistema costoso y extremadamente sofisticado, el ejército puede desplegar cientos o miles de plataformas relativamente baratas y de simple fabricación que colaboren entre sí.

De esta manera cada dron recopila información por su cuenta compartiendo esos datos con las demás. De esta manera cada componente del enjambre contribuye a que la misión general sea llevada a cabo con alta eficiencia.

Incluso, la pérdida de algunas unidades no compromete necesariamente la operación ni es un golpe económico fuerte. Esta característica representa una diferencia fundamental respecto a muchos sistemas militares tradicionales.

Un portaaviones moderno cuesta miles de millones de dólares. Un caza de quinta generación cuesta decenas o incluso cientos de millones. La destrucción de una sola de estas plataformas puede representar una pérdida estratégica considerable. En contraste, un enjambre puede absorber pérdidas significativas y continuar funcionando con efectividad.

La lógica económica cambia por completo y ayuda a rediseñar el terreno de combate a su vez.

En estos momentos, las defensas están diseñadas para enfrentar amenazas relativamente limitadas en número. Un sistema antiaéreo puede interceptar exitosamente varios misiles simultáneamente. También puede rastrear múltiples objetivos. Sin embargo, enfrentarse a cientos o miles de drones coordinados inteligentemente constituye un desafío completamente diferente.

Incluso si la defensa destruye el 90% de los atacantes, el 10% restante sería suficiente para alcanzar y golpear demoledoramente los objetivos previstos.

Algunos analistas describen este fenómeno como la “democratización del poder aéreo” y creo que tienen razón.

Durante décadas, la superioridad aérea dependió de enormes inversiones en aeronaves avanzadas, pilotos altamente entrenados y complejas infraestructuras logísticas. Los enjambres de drones relativamente baratos, trabajando en conjunto, reducen significativamente esas barreras.

Las futuras guerras se basarán en ataques coordinados, realizados por miles de sistemas autónomos lanzados desde tierra, mar y aire simultáneamente. Una fuerza tan variopinta como imparable.

En semejante escenario, la velocidad de procesamiento y coordinación proporcionada por la inteligencia artificial será tan importante como la potencia de fuego.

VI. La inteligencia artificial como asistente estratégico y operacional

Una de las ideas más difundidas en la cultura popular es la posibilidad de que las máquinas reemplacen completamente a los mandos humanos. Sin embargo, los desarrollos más realistas apuntan en otra dirección.

La función más importante de la inteligencia artificial probablemente será actuar como asistente estratégico y operacional porque la guerra moderna es un evento con una complejidad extraordinaria.

Un mando militar en combate debe considerar simultáneamente varios factores: logística, condiciones meteorológicas, posibles movimientos del enemigo, disponibilidad de recursos, reservas materiales, moral de la tropa y, -lo más importante-, el impacto político, económicos y militar que su decisión conllevará.

Históricamente, estas tareas han dependido de grandes estados mayores compuestos por cientos de oficiales y civiles, altamente especializados. La inteligencia artificial permite ampliar enormemente esta capacidad analítica disminuyendo el personal, el tiempo de procesamiento/respuesta y seleccionando las variantes óptimas en cada caso.

Un sistema avanzado de IA puede simular miles de escenarios en cuestión de segundos, calcular probabilidades de éxito para diferentes cursos de acción, identificar rutas logísticas óptimas, anticipar posibles respuestas del adversario y señalar riesgos que los seres humanos podrían pasar por alto.

Algunos expertos comparan este gran salto en el campo militar con la aparición del radar durante la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que el radar no sustituyó a los mandos ni a los pilotos, solo les proporcionó información adicional crucial que mejoró significativamente sus decisiones.

La inteligencia artificial podría desempeñar un papel similar, aunque mucho más amplio. En lugar de reemplazar totalmente al ser humano, ampliaría sus capacidades cognitivas. Sin embargo, esta relación también plantea riesgos.

Somos humanos y conocemos nuestras debilidades. Una de ellas es que los responsables militares desarrollen una confianza excesiva en las recomendaciones generadas por algoritmos. Esos son los “tecnócratas ciegos” que consideran que la última palabra la tiene siempre la tecnología, cualquiera que ésta sea.

La historia demuestra que, incluso los sistemas más sofisticados, no están exentos de errores. Los modelos predictivos dependen en gran manera de los datos utilizados para entrenarlos. Si los mismos son incompletos o incorrectos, las conclusiones pueden serlo también y en gran porciento.

Por esta razón, muchos estrategas sostienen que la supervisión humana seguirá siendo indispensable.

La inteligencia artificial puede proporcionar recomendaciones valiosas, pero la responsabilidad final debe permanecer en manos humanas.

Al menos por ahora.

VII. La revolución silenciosa de la guerra cibernética

Mientras la atención pública suele centrarse en tanques, aviones y misiles; una parte creciente de los conflictos modernos se desarrolla en un ámbito invisible. No podemos ignorar que el ciberespacio se ha convertido en un nuevo teatro de operaciones en lo que se ha dado en llamar la “Guerra Asimétrica” que no se libra solamente con armas, si no en todos los frentes posibles.

Para bien o para mal, las sociedades contemporáneas dependen profundamente de sistemas digitales: redes eléctricas, sistemas financieros, comunicaciones, transportes, producción a escala industrial y numerosos servicios esenciales funcionan mediante infraestructuras informáticas.

Esto aumenta el bienestar a la vez que crea dependencia, lo cual conlleva a vulnerabilidades. Un ataque exitoso contra determinados sistemas podría generar efectos comparables a los de una operación militar convencional.

La inteligencia artificial está transformando profundamente este ámbito. Por un lado, permite desarrollar capacidades defensivas más sofisticadas donde los algoritmos pueden analizar enormes volúmenes de tráfico digital, detectar comportamientos anómalos, identificar intentos de intrusión, responder automáticamente ante amenazas emergentes.

Pero, en la otra cara de la moneda tenemos que la misma tecnología puede potenciar capacidades ofensivas alarmantes. Los futuros sistemas podrían localizar vulnerabilidades con una velocidad y precisión sin precedentes, adaptar automáticamente sus métodos de ataque y coordinar operaciones simultáneas contra múltiples objetivos.

Hay un factor clave: la velocidad, que constituye el elemento central de esta transformación. Los ataques cibernéticos pueden desarrollarse en segundos. En estos casos, la intervención humana resulta nula por ser demasiado lenta, se centra en el control de daños. Esto explica por qué tanto los sistemas defensivos como los ofensivos dependen cada vez más de procesos automatizados.

Los especialistas están convencidos que la próxima guerra entre potencias tecnológicas incluirá a los componentes cibernéticos, de manera masiva, desde el primer momento. Deben ser uno de los principales protagonistas.

La neutralización de las redes informáticas del adversario pasará a convertirse en objetivo prioritario, incluso antes de que se produzca el primer disparo. Esas van a ser las primeras bajas.

VIII. El supersoldado

Como ya señalamos, cada revolución en el campo militar ha transformado la relación entre el combatiente y la tecnología. La espada fue la extensión del brazo del guerrero, el arco mejoró su alcance, el fusil le dio más profundidad y letalidad de ataque y defensa, la radio amplió su capacidad de comunicación. La inteligencia artificial promete ir más allá: potenciar su capacidad cognitiva.

El soldado del futuro dispondrá de acceso instantáneo a cantidades enormes de información, visores de realidad aumentada para identificar posiciones amigas y enemigas en tiempo real, sistemas inteligentes para detectar amenazas automáticamente, sensores biométricos monitoreando constantemente el estado físico del combatiente.

A esto le van a sumar exoesqueletos motorizados todoterrenos que multipliquen su fuerza y resistencia junto a asistentes basados en IA proporcionando recomendaciones tácticas vitales durante el combate.

La integración de estas tecnologías transformará radicalmente la eficacia individual porque un pequeño grupo de soldados interconectados y usando estas tecnologías alcanzarían capacidades que no se encontraban anteriormente en unidades de combate, aunque fueran mucho más numerosas.

Sin embargo, esta dependencia tecnológica también introduce nuevas vulnerabilidades. Las comunicaciones pueden ser interferidas, los sensores engañados, los algoritmos manipulados, los sistemas electrónicos fallar.

Por esta razón, numerosos expertos insisten en que, paradójicamente, las habilidades individuales tradicionales seguirán siendo fundamentales. La tecnología puede multiplicar capacidades, pero no puede eliminar completamente la incertidumbre inherente a la guerra.

IX. La Carrera Armamentista del siglo XXI

Es innegable que ya la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales campos de competencia estratégica internacional. Las grandes potencias consideran esta tecnología un factor decisivo para su seguridad nacional y la magnitud colosal de las inversiones actuales refleja claramente esta percepción.

Estados Unidos busca mantener su liderazgo mundial mediante la integración de inteligencia artificial en prácticamente todos los aspectos de sus operaciones militares. Es el líder indiscutible en inversión privada y corporativa. Solo sus cuatro grandes empresas tecnológicas (Microsoft, Amazon, Google y Meta) tienen proyectado un gasto en infraestructura en IA superior a los $5,3 billones de dólares hasta 2030. A nivel federal, el gasto ha escalado a miles de millones de dólares.

Su ventaja principal reside en la combinación de universidades, empresas tecnológicas, centros de investigación y recursos financieros. Muchas de las compañías más innovadoras del mundo se encuentran dentro de su ecosistema tecnológico.

Por su parte, China es el principal competidor estratégico, centrando su gasto en patentes, robótica, automatización industrial y fabricación de hardware doméstico. El gasto gubernamental de China se sitúa en objetivos que rondan los $98 000 millones de dólares en inversiones directas para chips y tecnología, proyectando industrias de IA valoradas en más de 1,4 billones.

La estrategia china combina tres factores muy importantes: apoyo estatal, planificación a largo plazo y una enorme capacidad para recopilar y procesar datos.

La Unión Europea, a su vez, adopta un enfoque de soberanía tecnológica e innovación, con inversiones público-privadas más modestas, en el rango de los $20 000 millones de euros para impulsar fábricas gigantes gestionadas por la IA, sumando miles de millones a través del programa Horizon Europe.

Otros actores también participan activamente. Países medianos con industrias tecnológicas avanzadas están desarrollando capacidades específicas relacionadas con drones, sistemas autónomos, guerra electrónica y análisis de datos.

La consecuencia de todo esto es clara, una nueva carrera armamentista que difiere significativamente de la carrera nuclear del siglo XX.  

Si las armas nucleares requerían materiales especiales, instalaciones altamente complejas y conocimientos extremadamente especializados; la inteligencia artificial posee barreras de entrada mucho menores porque el conocimiento se difunde más rápidamente y las tecnologías civiles pueden adaptarse con relativa facilidad a aplicaciones militares.

Esta realidad dificulta enormemente cualquier intento de control monopólico internacional sobre esta nueva tecnología; como el que ejercen actualmente los nueve países con arsenales nucleares.

X. Las lecciones de los conflictos recientes

Los conflictos del último quinquenio han proporcionado una visión preliminar del futuro. En diferentes escenarios, los drones han demostrado capacidades que hace pocos años parecían reservadas a grandes potencias militares: la vigilancia constante desde el aire ha transformado el campo de batalla, las posiciones ocultas resultan más difíciles de mantener, los movimientos de tropas son detectados con mayor rapidez, los ataques de precisión pueden ejecutarse con costos relativamente bajos.

Al mismo tiempo, la guerra electrónica ha adquirido una importancia extraordinaria: interferir comunicaciones, bloquear señales y engañar sensores se ha convertido en una actividad cotidiana en numerosos conflictos.

La experiencia reciente también ha demostrado que la adaptación tecnológica ocurre cada vez más rápido. Innovaciones que antes requerían años para difundirse ahora pueden extenderse globalmente en cuestión de meses. Esta aceleración se acrecentará aún más durante las próximas décadas, potenciada por la inteligencia artificial, la cual contribuirá decisivamente a este fenómeno.

Los ejércitos del futuro deberán adaptarse continuamente a tecnologías que evolucionan a velocidades sin precedentes. La ventaja tecnológica podría volverse cada vez más efímera. Ya no bastará con desarrollar una innovación, será necesario innovar constantemente.

La conclusión obvia es que la inteligencia artificial no está transformando únicamente las armas, sino que está modificando la estructura misma del poder militar. Sin embargo, cuanto mayor es el poder de una tecnología, mayores son también las preguntas y retos que plantea.

¿Quién controla estas herramientas? ¿Qué ocurre cuando las decisiones se aceleran más allá de la capacidad humana para supervisarlas? ¿Es posible mantener la estabilidad internacional en un mundo donde los algoritmos participan activamente en la conducción de los conflictos?

Estas cuestiones nos conducen a la fase más compleja e inquietante de este debate: las implicaciones éticas, jurídicas y geopolíticas de delegar funciones militares cada vez más importantes a sistemas “inteligentes”; las cuales abordaremos en la tercera parte.

LV, NV  06/06/2026



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