
El comunismo no surgió como una ideología de represión masiva, terror o crueldad. Por el contrario, apareció en el siglo XIX como una crítica moral a la injusticia social, la explotación económica y la extrema desigualdad generadas por el capitalismo industrial incipiente.
Sus fundadores, principalmente Karl Marx y Friedrich Engels, concibieron una sociedad en la que las divisiones de clase desaparecerían y los seres humanos se liberarían de la miseria material. Sin embargo, la historia demuestra que, al implementarse como sistema de gobierno, el comunismo produjo siempre estados autoritarios, violencia masiva y la destrucción sistemática de la libertad individual.
Comprender cómo se produjo esta transformación requiere distinguir entre los ideales utópicos y la práctica real comunista, examinando las fuerzas estructurales que convirtieron una promesa quimérica en una realidad destructiva.
El comunismo suele presentarse como una noble idea que es corrompida por hombres malvados y desajustados. Según este planteamiento, Marx partía de buenas intenciones, Lenin llevó la teoría demasiado lejos por el camino equivocado, Stalin encarnó una desviación monstruosa, y los regímenes posteriores no hicieron sino aplicar incorrectamente el modelo.
Este argumento superficial ha persistido durante más de un siglo, -de generación en generación-, pese a un impresionante e innegable historial de fracaso económico, represión política y aniquilamiento masivo de la población de los propios países que lo han implementado.
Sin embargo, la honestidad intelectual básica exige reconocer una conclusión más exacta y severa: el comunismo no fracasó por accidente. Fracasó porque entra en conflicto directo con leyes permanentes de la naturaleza humana y del orden político. Fracasó porque vulneró los principios fundamentales de la civilización.
Mucho antes de que Karl Marx formulara su doctrina, estadistas y filósofos habían comprendido una lección fundamental que el comunismo se niega a aceptar: el poder, cuando se concentra, destruye inevitablemente la libertad.
Los Padres Fundadores de los Estados Unidos, formados por siglos de experiencia política y reflexión filosófica, edificaron todo su sistema constitucional sobre esta convicción.
James Madison advertía en El Federalista n.º 51 que «si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario». ¹ Precisamente porque no lo son, el poder debe ser limitado, dividido y sometido a controles (checks and balances) y a una transparencia impoluta.
El comunismo rechaza frontalmente esta sabiduría histórica. Exige autoridad absoluta en nombre de una igualdad absoluta, y paga por ello un precio previsible.
De la crítica moral a la doctrina revolucionaria
La crítica de Marx al capitalismo se basó en las condiciones sociales reales existentes en el momento en que vivió. La Revolución Industrial había generado una enorme riqueza, pero también pobreza generalizada. Había acentuado la diferencia entre las clases, creando condiciones laborales dañinas, en algunos casos infrahumanas.
La descripción que Marx da del capitalismo industrial temprano no carecía por completo de fundamento. Aquel mundo fue, -en muchos aspectos-, brutal, profundamente desigual y con frecuencia indiferente a la dignidad humana.
Marx sostenía que los sistemas económicos moldean el poder político y la conciencia humana, y que el capitalismo explota intrínsecamente el trabajo al concentrar la riqueza en manos de unos pocos.
En este sentido, el comunismo primitivo no era un llamado al mal, sino a la justicia.
Sin embargo, el error de Marx no fue meramente económico; fue, ante todo, filosófico y moral. No pretendió reformar la sociedad dentro de los límites heredados de la civilización occidental, sino abolir dichos límites. La tradición, la religión, la propiedad privada y la familia fueron consideradas obstáculos al progreso, en lugar de pilares del orden social. ²
Edmund Burke, escribiendo casi un siglo antes, anticipó con notable claridad las consecuencias de este tipo de pensamiento. En Reflexiones sobre la Revolución en Francia, advirtió contra la imposición de teorías abstractas sobre sociedades vivas y complejas. La civilización —sostenía Burke— no es una construcción racional ex novo, sino una herencia transmitida a través de la costumbre, el hábito y la contención moral. ³
Cuando los revolucionarios intentan “reconstruir” la sociedad a partir de principios teóricos, ignorando la naturaleza humana y la experiencia histórica acumulada, no generan progreso ni libertad; sino destrucción. La Revolución Francesa confirmó este diagnóstico; las revoluciones comunistas posteriores lo hicieron a una escala incomparablemente mayor.
La afirmación más peligrosa de Marx fue su pretensión de que la historia obedece a leyes científicas ineluctables. Una vez que la política se concibe como una ciencia con resultados inevitables, la responsabilidad moral se diluye.
Si el futuro está predeterminado, la oposición deja de ser una discrepancia legítima y pasa a interpretarse como una resistencia ilegítima al curso de la historia. En este marco conceptual, la violencia no solo resulta admisible, sino necesaria. Los individuos ya no son evaluados por su conducta o conciencia moral, sino por su adscripción a una determinada clase social. ⁴
El auge del Estado de Vanguardia
El punto de inflexión decisivo llegó con Vladimir I. Lenin.
Marx había imaginado una breve fase de transición —la «dictadura del proletariado»— durante la cual los trabajadores desmantelarían las estructuras capitalistas antes de que el Estado se disolviera por completo.
Lenin “reinterpretó” este concepto, transformándolo en un gobierno permanente ejercido por una élite revolucionaria: el sacrosanto e infalible Partido Comunista.
Esta “vanguardia” afirmaba representar los verdaderos intereses de la clase trabajadora, incluso cuando los propios trabajadores no estaban de acuerdo.
De esta forma, Lenin hizo su propia versión. Tradujo la quimérica teoría marxista en un sistema de dominación permanente. La vaga noción marxista de una «dictadura del proletariado» transitoria se convirtió, en la práctica, en una dictadura ejercida sobre el propio proletariado.
El Partido Comunista se situó por encima del Estado, la Nación, la Ley, de la tradición y de cualquier límite moral; arrogándose la autoridad exclusiva e incuestionable para interpretar la verdad histórica. Esta estructura no fue una anomalía coyuntural, sino la plantilla a replicar, la forma estable de gobierno dondequiera que el comunismo se implantó. ⁵
James Madison comprendió con precisión por qué este desenlace era inevitable. En El Federalista n.º 10, advirtió que la mayor amenaza para la libertad procede de las facciones que adquieren la capacidad de imponer su voluntad sin freno alguno. ⁶
La solución no consistía en eliminar las facciones —empresa imposible—, sino impedir que una sola domine el conjunto de la sociedad. El comunismo actúa en sentido contrario: suprime el pluralismo, anula la sociedad civil y concentra el poder absoluto en una única facción. Una vez consolidado dicho poder, no existe mecanismo interno alguno que limite el abuso y las arbitrariedades.
La destrucción de la responsabilidad individual
La característica central de los sistemas comunistas es la abolición de la propiedad privada y la colectivización de la vida económica. Si bien esta política pretende, -en el papel-, eliminar la explotación; en realidad destruye la responsabilidad individual y la iniciativa privada.
Cuando el Estado lo posee todo, los individuos dependen de la lealtad política en lugar del mérito, el esfuerzo o la aptitud. Cuando el Estado se convierte en propietario de todos los medios de producción, los individuos pasan a ser dependientes, “mantenidos funcionales”.
El éxito se atribuye al sistema; el fracaso se achaca a poderosos enemigos externos convenientemente fabricados, a malvados saboteadores internos o a una insuficiente convicción ideológica.
Este entorno fomenta la deshonestidad, el miedo y el conformismo. Los ciudadanos aprenden a repetir las consignas oficiales, aunque en privado desconfían y niegan el sistema. La verdad se vuelve peligrosa, y la supervivencia exige silencio o engaño.
Dado que el fracaso económico amenaza la legitimidad del régimen, los gobiernos falsifican datos, ocultan desastres y castigan a quienes revelaban la realidad. La abolición de la propiedad privada ilustra este problema con especial claridad.
La propiedad no es únicamente una institución económica; constituye un límite moral y político. Garantiza la independencia frente al Estado, fomenta la responsabilidad individual y establece barreras al poder gubernamental.
Alexis de Tocqueville observó en La democracia en América que la propiedad ampliamente distribuida fortalece la autosuficiencia y la virtud cívica. ⁷ Cuando los ciudadanos dependen de sí mismos y de sus comunidades, y no del favor del poder político, la libertad encuentra un terreno fértil.
El comunismo aplasta totalmente este fundamento.
La corrupción se racionaliza, la verdad se vuelve peligrosa y el fracaso económico debe ocultarse, pues reconocerlo pondría en cuestión la legitimidad del sistema. La mentira se institucionaliza y la represión se convierte en práctica habitual.
Las economías comunistas fracasan no por una gestión deficiente accidental, sino porque parten de una negación sistemática de la naturaleza humana. La planificación central presupone que los burócratas pueden sustituir la información descentralizada y el conocimiento práctico acumulado por los mercados, las familias y las comunidades locales.
La llamada “economía comunista” presupone que los incentivos son irrelevantes, que el esfuerzo no requiere recompensa y que la escasez puede eliminarse mediante decretos. Cuando la realidad desmiente estas suposiciones, la ideología recurre inevitablemente a la coerción. ⁸
La utopía como justificación del terror
Los regímenes comunistas justifican la represión prometiendo un futuro idílico: una sociedad sin clases ni Estado, de abundancia e igualdad. Dado que este futuro nunca llega, los líderes afirman, en un ciclo sin fin, que son necesarias nuevas “correcciones”, “rectificaciones de errores y tendencias negativas”, “reordenamientos” y demás tipos de sacrificios.
La revolución siempre está “incompleta” y, por lo tanto, las medidas de emergencia y la supresión de los derechos y libertades ciudadanas, siempre están justificadas y se convierten en el nuevo normal.
Una vez que los individuos fueron reducidos a categorías de clase, sus vidas perdieron valor moral.
El balance histórico es concluyente. Esta mentalidad produjo algunas de las peores atrocidades del siglo XX.
Las purgas y el vasto sistema de campos de trabajo forzado creado por Stalin (solamente entre 1934 y 1937 perdieron la vida 8 millones de ciudadanos soviéticos), El Gran Salto Adelante impulsado por Mao Zedong provocó la muerte de decenas de millones de personas por hambruna.
El régimen de los Khmer Rouge en Cambodia exterminó a casi una cuarta parte de su población en nombre de la pureza ideológica. Corea del Norte ha perfeccionado un Estado de vigilancia total donde los escasos recursos que posee son destinados al ejército y al aparato de inteligencia mientras la población languidece día a día.
Como resultado de la política comunista, grupos enteros fueron etiquetados como “enemigos de clase” y eliminados, -no por lo que habían hecho-, sino por lo que representaban. Estos episodios no constituyen desviaciones accidentales; sino sistemas funcionando perfectamente, conforme a su lógica interna. ⁹
La ideología por encima de la realidad
Uno de los aspectos más destructivos del comunismo es su negativa a reconocer el fracaso. Dado que la ideología se arrogaba la certeza científica, los errores nunca pueden atribuirse al propio sistema. Las hambrunas se achacaban al clima o al sabotaje, no a la colectivización. El colapso económico se atribuía a complots extranjeros, no a la planificación centralizada. Los disidentes no eran críticos, sino traidores.
Este rechazo a la autocrítica franca y constructiva hace que los estados comunistas sean frágiles y crueles. En lugar de adaptarse, endurecieron el control. En lugar de reformar, intensificaron la represión. El resultado es un ciclo en el que cada fracaso genera más violencia, distanciando, aún más, a los gobernantes del pueblo al que decían servir.
Lo que convierte al comunismo en una ideología particularmente peligrosa no es solo su fracaso económico, sino su estructura moral. Divide, por decreto, a la humanidad en categorías antagónicas de opresores y oprimidos y declara prescindibles determinadas vidas, costumbres, tradiciones y obras en nombre de un futuro tan “luminoso” como abstracto.
Una vez que los individuos se reducen a etiquetas ideológicas, desaparece cualquier límite natural a la crueldad. Burke advirtió que cuando los hombres abandonan su herencia moral en favor de la certeza ideológica, se vuelven capaces de atrocidades que antes habrían considerado impensables. ¹⁰
Alexis de Tocqueville formuló una advertencia final de notable vigencia. Temía la aparición de una nueva forma de tiranía, no brutal en apariencia, -sino paternalista-, en la que los ciudadanos entregan su libertad a cambio de igualdad y seguridad.
Tal sistema —escribió— reduciría a los hombres a «un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobierno».¹¹
El comunismo representa la materialización de esta advertencia, impuesta no solo por la burocracia, sino por la represión y el terror.
Por qué el comunismo sigue teniendo defensores
A pesar de su historial, el comunismo continúa atrayendo seguidores. Una de las razones es la confusión entre la intención y el resultado. Muchos juzgan la ideología por sus promesas en lugar de por sus resultados. Otros comparan los ideales comunistas con el capitalismo en la práctica, ignorando la diferencia entre la teoría y la realidad.
Algunos argumentan que el “verdadero comunismo” nunca se ha puesto en práctica, una afirmación que convenientemente descarta cada fracaso como una falta de pureza ideológica en lugar de un defecto sistémico.
Entonces surgen las “variantes puras” como el llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Más de lo mismo.
También existe una seducción moral en el comunismo para quienes no les gusta la historia. Ofrece explicaciones simplonas para problemas complejos y divide el mundo en víctimas y opresores. Una vez que alguien es etiquetado como opresor, la crueldad hacia esa persona se vuelve moralmente permisible.
Este marco permite cometer actos de violencia sin remordimientos.
Otra razón es la vanidad moral. Permite a sus partidarios presentarse como adalides de la justicia mientras justifican una coerción ilimitada.
Promete igualdad sin humildad, poder sin responsabilidad y certeza moral sin contención. Hablar sobre ideas bellas es una cosa, llevarlas a la práctica, otra. La experiencia histórica demuestra que tales promesas conducen inexorablemente a la tiranía.
A los críticos del comunismo se les acusa con frecuencia de defender la desigualdad o la indiferencia ante el sufrimiento. Se trata de una acusación falaz. El pensamiento liberal clásico y conservador ha reconocido siempre la obligación de combatir la injusticia mediante la reforma gradual, la caridad, la comunidad y la responsabilidad moral. Lo que rechaza es la pretensión de alcanzar la justicia destruyendo la libertad.
El experimento político estadounidense se construyó sobre una comprensión distinta de la condición humana. Los Fundadores no creían en la perfectibilidad del hombre, sino en su falibilidad. Por ello diseñaron instituciones destinadas a limitar el poder, no a concentrarlo. Confiaron más en la tradición, el Estado de Derecho y los límites morales que en teorías abstractas. Esa prudencia constituye la auténtica fuente de la libertad política.
Una lección de la historia
El comunismo se convirtió en una ideología perversa no por buscar la igualdad, sino por anteponer una visión abstracta de la historia a la dignidad de los seres humanos. Otorgó poder ilimitado a quienes afirmaban conocer el futuro y eliminó toda restricción a sus acciones. Cuando un sistema niega los límites morales en nombre de una sociedad perfecta, inevitablemente genera sufrimiento.
La historia nos enseña que la justicia no se logra destruyendo la libertad, y que la igualdad impuesta por la fuerza se convierte en tiranía. La tragedia del comunismo reside no solo en sus víctimas, sino en la advertencia que nos ofrece: que las buenas intenciones iniciales, combinadas con el poder absoluto y la certeza moral, pueden conducir a un mal inmenso.
La teoría comunista rechazó la rica herencia histórica, decidió “tomar por asalto el futuro”. Pretendió rehacer a la humanidad mediante la fuerza, borrar la tradición en nombre del progreso y subordinar vidas concretas a un supuesto destino histórico. El resultado no fue la igualdad prometida, sino un sufrimiento masivo innecesario, a una escala sin precedentes, en la historia de la humanidad.
El comunismo no fracasó: simplemente reveló su verdadera naturaleza. Mostró lo que sucede cuando los hombres creen que pueden rediseñar la sociedad prescindiendo de la naturaleza humana, la contención moral y la sabiduría histórica acumulada.
No es un sueño malinterpretado; es una advertencia escrita con sangre.
La lección es tan antigua como la civilización misma: la libertad solo sobrevive allí donde el poder es limitado, la propiedad es protegida, la tradición es respetada y la conciencia no se sacrifica en el altar de la ideología.
Estas verdades no están obsoletas. Son permanentes. Y la historia castiga inexorablemente a quienes las olvidan.
Notas al pie
- James Madison, El Federalista n.º 51 (1788).
- Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista (1848).
- Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790).
- Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política (1859).
- Vladímir I. Lenin, El Estado y la revolución (1917).
- James Madison, El Federalista n.º 10 (1787).
- Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo I (1835).
- Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre (1944).
- Stéphane Courtois et al., El libro negro del comunismo (1997).
- Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790).
- Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo II (1840).
LV, NV, 12/22/2025

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