
En el debate político contemporáneo sobre Cuba ha emergido una contradicción cada vez más visible dentro de los sectores que se autodefinen como trumpistas.
Mientras proclaman lealtad incuestionable a Donald J. Trump, una parte significativa de ellos reproduce consignas morales, como es la imposibilidad absoluta de negociar con dictaduras o la negativa categórica a dialogar con actores criminales, que no solo no definen el estilo político de Trump, sino que lo contradicen de manera frontal.
El presente artículo sostiene que esta disonancia no es menor ni accidental: revela una incomprensión profunda de lo que denominaremos Doctrina Trumpista, entendida no como un cuerpo normativo de valores, sino como una práctica de poder esencialmente pragmática, transaccional y orientada a resultados.
A partir del análisis del método político de Trump como negociador, examinaremos sus implicaciones para un eventual proceso de transición política en Cuba, subrayando los dilemas reales que enfrentan, tanto la diáspora como la oposición interna, ante un probable escenario de cambio negociado.
La falsa moralización de la Doctrina Trumpista
Uno de los errores analíticos más frecuentes en ciertos círculos políticos es la tendencia a moralizar figuras cuya praxis nunca ha sido moralista.
Donald J. Trump no es, ni ha pretendido ser, un cruzado ético en el ámbito de la política internacional. Su trayectoria empresarial y política muestra un patrón consistente: la política entendida como negociación de poder, no como afirmación de virtudes ni valores éticos.
Sin embargo, una parte de sus seguidores insiste en proyectar, sobre él, una imagen que responde más a aspiraciones subjetivas que a la evidencia empírica.
La consigna “con dictaduras no se negocia”, esgrimida por los seguidores del mandatario norteamericano, constituye el ejemplo más elocuente de esta distorsión. Tal afirmación no es un principio trumpista, nunca lo ha sido; por el contrario, esa es una formulación ingenua que confunde política exterior con activismo moral.
Trump jamás ha operado bajo ese paradigma. Para él, la legitimidad del interlocutor no se mide por su pureza ética, sino por su capacidad de ofrecer algo a cambio. El poder, en su concepción, es una relación dinámica de fuerzas, intereses y beneficios mutuos.
En este sentido, quien no entienda que Trump concibe la política como una transacción estratégica —y no como un concurso de virtudes— no conoce a Trump.
Esta incoherencia revela una crisis conceptual dentro del propio trumpismo: la coexistencia de un liderazgo profundamente pragmático con una base que, en determinados temas, se aferra a maximalismos morales incompatibles con el método del líder al que dice seguir.
El método Trumpista: trato, presión y ruptura
Contrario a la imagen de improvisación que con frecuencia se le atribuye, el estilo de Trump en política internacional ha sido notablemente coherente. Su método puede sintetizarse en tres etapas sucesivas: primero, la exploración de un acuerdo; segundo, la aplicación de presión si la negociación no produce resultados; y, finalmente, la ruptura o el golpe político, a veces militar, si la contraparte se niega a ceder.
Este patrón se observa con claridad en su relación con Corea del Norte. Trump no solo se reunió con Kim Jong Un, sino que lo hizo rompiendo décadas de tabú diplomático estadounidense. No lo motivaba simpatía ideológica alguna, sino la evaluación de que una negociación directa podía generar ventajas estratégicas concretas.
Algo similar ocurrió con Vladimir Putin, con quien mantuvo abiertos canales de comunicación incluso en contextos de elevada tensión internacional, desoyendo las críticas de amplios sectores de la opinión pública occidental.
El caso venezolano constituye otro ejemplo ilustrativo. Trump intentó inicialmente una salida negociada con Nicolás Maduro. Solo cuando esa vía no produjo resultados aceptables, escaló hacia una política de máxima presión que incluyó sanciones severas y una discutible orden de captura contra el propio Maduro. No hay contradicción en ese recorrido: hay coherencia estratégica.
Trump no cree en discursos sobre grandes valores o gestos simbólicos, ni rompe su lanza por los oprimidos. El solo cree en acuerdos que alteren el equilibrio del poder existente a su favor. Desde su perspectiva, negociar no es ceder; es abrir una puerta para que el interlocutor/adversario decida si está dispuesto a pagar el precio del trato propuesto.
Cuba y la lógica del interés
El proceso de aproximación de Trump al régimen cubano debe interpretarse dentro de este mismo marco analítico. Su disposición a “negociar” con La Habana no responde a simpatía política, debilidad ideológica ni desconocimiento de la naturaleza del castrismo.
Responde, de manera consistente, a su forma de entender el mundo: intereses materiales, control estratégico y cálculo de costos y retornos sobre la inversión.
Criticar esta lógica desde una supuesta ortodoxia trumpista implica, en realidad, atacar el núcleo mismo de la Doctrina Trumpista. No es posible aplaudir al negociador cuando confronta a adversarios ideológicos y condenar la negociación cuando esta no se ajusta a expectativas personales de pureza política. Esa postura no constituye firmeza; es simplemente incongruencia.
Desde una perspectiva estrictamente estratégica; Trump ha sido, paradójicamente, el político estadounidense que más cerca ha estado de provocar un cambio real en Cuba.
Pero no nos llamemos a engaño. No lo ha hecho por amor a la libertad ni por sentimentalismo histórico, incluso para dejar un legado personal. No, lo ha hecho basado en un cálculo frío, sopesando las variables que ya vimos.
Y, obviamente, esta realidad incomoda a quienes han construido su identidad política y su razón de ser sobre la espera de un colapso moralmente satisfactorio del régimen cubano, aun cuando dicho evento no se ha materializado en más de seis décadas.
La inevitabilidad de negociar con el poder real
Uno de los autoengaños más persistentes en el debate cubano es la creencia de que cualquier transición política puede producirse sin interlocución con el poder real. La evidencia histórica desmiente esta expectativa. Trump y figuras clave de su entorno, como Marco Rubio, no se sentarán a hablar con dirigentes decorativos ni con oposiciones simbólicas, sino con quienes detentan el control efectivo del aparato del Estado: la élite gobernante y su entorno inmediato.
Negar esta realidad no constituye un acto de valentía moral, sino de negación política. Las transiciones negociadas, por definición, implican diálogo con los detentadores del poder. Rechazar este hecho equivale a excluirse voluntariamente del proceso.
El dilema que se abre es tan simple como brutal: si de esa negociación emerge un proceso de cambio real —imperfecto, gradual, pero tangible—, ¿cuál será la respuesta del exilio más radical y de la oposición interna? ¿Respaldarán un escenario que mejore de manera efectiva la vida de millones de cubanos o lo boicotearán por no ajustarse al ideal de justicia absoluta largamente esperado y sistemáticamente postergado?
Trump no promete utopías. Promete, simplemente, escenarios mejores que los que viven los cubanos en el presente. Esa ha sido siempre su lógica operativa.
El costo incómodo de las transiciones pactadas
Uno de los aspectos más incómodos —y menos discutidos con honestidad— de las transiciones negociadas es el relacionado con la aplicación o no de la justicia.
Existe un escenario altamente plausible en el que una transición negociada en Cuba no venga acompañada de juicios masivos ni de rendiciones de cuentas ejemplares. Algunos responsables de la situación actual en la Isla podrían retirarse en terceros países; otros podrían incluso permanecer en el país conservando bienes obtenidos ilícitamente, amparados por acuerdos y garantes internacionales.
Este resultado es moralmente perturbador, pero históricamente recurrente. América Latina, Europa del Este y África ofrecen numerosos ejemplos de transiciones pactadas en las que la estabilidad fue priorizada sobre la retribución.
No porque la injusticia sea aceptable, sino porque el objetivo principal fue desmontar sistemas autoritarios sin provocar guerras civiles ni colapsos estatales.
Aceptar esta realidad no equivale a traicionar a las víctimas, sino a reconocer que la justicia perfecta rara vez acompaña a los procesos de salida del autoritarismo, como han señalado autores clásicos del estudio de las transiciones políticas.
El precio de abandonar el infierno suele ser aceptar que algunos verdugos no paguen como merecen.
Hacia un consenso mínimo viable
Frente a este escenario, el maximalismo resulta estéril. La alternativa real no es entre pureza moral y traición, sino entre inmovilismo y transición. De ahí la necesidad de articular un consenso mínimo claro y no negociable.
Existe, sin embargo, un actor que este debate no puede seguir evitando: el exilio histórico cubano. Durante más de seis décadas, buena parte de su discurso político ha estado estructurado fundamentalmente alrededor de una lógica de espera —la espera del colapso, de la implosión moral del régimen, de un ajuste de cuentas total que restituya simbólicamente todo lo perdido—. Esa lógica, comprensible desde el trauma, ha devenido políticamente estéril.
El problema no es la legitimidad moral de las demandas del exilio, sino su desconexión con las condiciones reales de cambio. El maximalismo —la exigencia simultánea de justicia total, restitución plena y ruptura inmediata— ha funcionado, en la práctica, como un mecanismo de bloqueo. No ha debilitado al régimen; ha contribuido a su longevidad al hacer inviable cualquier salida negociada que no cumpla con un ideal retrospectivo.
Desde una perspectiva estrictamente estratégica, el exilio enfrenta hoy una disyuntiva histórica: o participa activamente en un proceso de transición imperfecta, aceptando que la justicia será parcial y diferida, o vuelve a quedar relegado a un rol testimonial mientras otros deciden el futuro de Cuba. En el contexto de una negociación liderada por Washington, la ausencia del exilio no detendría el proceso; simplemente lo haría irrelevante.
La cuestión central no es qué hará Donald Trump, sino qué harán el exilio y la oposición cubana frente a una realidad que no controlan plenamente. Si persiste la ausencia de presión interna sostenida y la falta de unidad externa como la lograda por José Martí con el Partido Revolucionario Cubano a finales de los 1800s, la negociación se producirá inevitablemente entre Washington y el régimen de La Habana.
En ese escenario el pueblo cubano continuará siendo espectador de su propio destino.
Desde una perspectiva realista, este escenario no es una anomalía, sino la consecuencia lógica de una correlación de fuerzas desfavorable. Como han demostrado las teorías clásicas de la transición democrática, cuando los regímenes autoritarios conservan el monopolio de la coerción y la oposición carece de capacidad de ruptura, el cambio solo se produce mediante pactos asimétricos entre élites. En este marco, la negociación no es una concesión moral, sino un instrumento de poder.
Trump no busca unanimidad ética ni pureza ideológica; busca interlocutores funcionales que maximicen el beneficio estratégico de Estados Unidos. En su tablero político, el ruido maximalista no suma, mientras que el pragmatismo sí. Entender esto no implica aplaudir dictaduras, sino comprender cómo se las saca del juego, de manera fría pero efectiva y eficiente.
Esta lógica conecta directamente con la tradición realista de la política exterior estadounidense, desde Kissinger hasta la doctrina de estabilidad negociada aplicada durante la Guerra Fría.
Para un público que se reivindica trumpista, este punto resulta crucial: rechazar la negociación en nombre de principios morales no es una muestra de lealtad a Trump, sino una negación de su método. El trumpismo real no es una doctrina moral, sino una práctica de poder orientada a resultados. Defender a Trump implica aceptar que la derrota de una dictadura no siempre adopta la forma de su colapso humillante, sino la de su desmantelamiento gradual bajo presión externa.
La libertad de Cuba, si llega, no lo hará como ha sido imaginada durante décadas por el exilio, sino como lo permita la correlación de fuerzas existente. La historia comparada es clara: las transiciones hacia la democracia rara vez son limpias, pero casi siempre son preferibles a la perpetuación indefinida del autoritarismo.
Hoy, guste o no, el camino más corto hacia un cambio real en Cuba pasa por una negociación dura, asimétrica y estratégicamente diseñada desde Washington bajo el liderazgo de Donald Trump.
La pregunta que deben hacerse los cubanos no es si ese camino es el ideal; sino, si están dispuestos a recorrerlo con madurez política y sentido histórico.
LV, NV 01/09/2026
Notas y referencias
- O’Donnell, Guillermo y Philippe C. Schmitter. Transitions from Authoritarian Rule: Tentative Conclusions about Uncertain Democracies. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1986.
- Huntington, Samuel P. The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century. Norman: University of Oklahoma Press, 1991.
- Kissinger, Henry. Diplomacy. New York: Simon & Schuster, 1994.
- Kissinger, Henry. World Order. New York: Penguin Press, 2014.
- Linz, Juan J. y Alfred Stepan. Problems of Democratic Transition and Consolidation. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1996.

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