Se tenía que decir y…

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Rusia ha perdido la iniciativa en el orden global del Siglo XXI

Sin lugar a duda, la detención del dictador venezolano Nicolás Maduro, por parte de Estados Unidos, ha sido una operación llevada a cabo sin una clara correspondencia con el derecho internacional y los preceptos de las Naciones Unidas.

Tampoco hay dudas de que Rusia podría usarla en su propio beneficio, impulsando con mayor base su conocida narrativa sobre el neocolonialismo occidental.

Sin embargo, en un mundo cada vez más influenciado por la actual administración norteamericana, y con el bochorno obtenido por su “Operación Especial” en Ucrania; Moscú podría verse obligada a buscar la conciliación en lugar de la confrontación con Estados Unidos.

El tan anhelado giro de Rusia hacia la competencia multipolar, siendo uno de los tres principales actores globales, está terminando de esfumarse.

Tibieza inusual en la reacción rusa

La respuesta de Rusia a la operación estadounidense en Venezuela ha sido muy tibia y moderada; algo inusual para el tono con que el Kremlin está a costumbrado a referirse cuando los acontecimientos internacionales no son de su agrado.

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, instó a Estados Unidos a reconsiderar su postura y liberar al “líder legítimamente elegido de un país soberano y a su esposa“. Declaración que se mueve entre el compromiso de aliado y la mentira burda al mencionar al “líder legítimamente elegido…”.

Posteriormente mantuvo una conversación telefónica con la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, reiterando el apoyo de Rusia a Caracas e instando a la desescalada a través del diálogo. Más de lo mismo, sin una condena clara y directa, como se esperaba.

Llama más la atención que la presidencia rusa, -siempre tan vocal-, ha guardado silencio, sin emitir declaraciones hasta la fecha, a pesar de lo que se creía era una estrecha relación personal y política entre Vladimir Putin y Maduro.

Priorizando Ucrania sobre Siria, Irán y Venezuela

La desabrida reacción de Rusia podría reflejar un claro cálculo estratégico, no siendo esta la primera vez que reacciona de esta forma ante un asunto similar.

Recordemos que Moscú observó desde la distancia, y sin mucho drama, la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria. Hasta ese momento, Rusia consideraba su desenvolvimiento en Siria como un importante logro estratégico y un símbolo de su estatus de gran potencia.

Pero a la hora de la verdad no hizo nada para ayudar al régimen de su amigo Assad, más allá de ofrecerle refugio a él y a su familia.

De manera similar, Rusia no defendió al régimen iraní, su aliado, en su lucha contra Israel, a pesar de ensalzar publica y reiteradamente su asociación estratégica con Teherán. Irán había proporcionado a Rusia un apoyo militar muy necesario, en particular el suministro de drones Shahed, que resultaron importantes en los primeros días de la invasión a gran escala de Ucrania.

Sin embargo, Moscú no correspondió cuando Israel y Estados Unidos atacaron ferozmente a Irán.

No cumplir con su palabra de apoyar a Venezuela, por lo tanto, no puede verse como darle la espalda a un “amigo menor” o una excepción, sino que viene a demostrar que es una tendencia dentro de la política exterior de Rusia.

El Kremlin está tomando estas decisiones de manera calculada, priorizando su agotador esfuerzo bélico en Ucrania, por encima de todos los demás compromisos. Como resultado, y muy a su pesar, Moscú ve disminuido su prestigio, por la pérdida de importantes inversiones en regímenes en declive; a la vez, su imagen como socio creíble y predecible, pacientemente cultivada, se ha erosionado totalmente.

Al parecer, el Kremlin ha llegado a la conclusión de que estos costos políticos son daños secundarios que no pueden detener sus objetivos bélicos principales en Ucrania.

Assad se había convertido en un socio cada vez más difícil de manejar, mientras que la presencia rusa consolidada en Siria era suficiente para permitirle restablecer relaciones con el nuevo liderazgo del país.

Con Irán el cálculo es diferente. Los esfuerzos diplomáticos de la administración Trump para lograr un alto al fuego en Ucrania significaba que el riesgo de poner en peligro la buena voluntad de Trump y provocar la hostilidad israelí al apoyar a Irán parecía un precio demasiado alto.

Venezuela era, sin duda, incluso menos importante para Rusia que Irán o Siria. Proporcionar un apoyo significativo a Maduro habría sido, en cualquier caso, poco práctico, dada la distancia y la logística.

El casco y la mala idea es lo que va quedando

Las decisiones de Rusia, por muy calculadas que sean, revelan signos de agotamiento. No es secreto que la agresión contra Ucrania le está costando a Rusia sus ambiciones globales.

Bajo el mandato de Putin, Rusia ha invertido considerablemente en expandir su influencia global con el objetivo de reducir la influencia occidental, y en particular la estadounidense.

Rusia ha desarrollado dependencias y alianzas en África y América Latina; ha proporcionado servicios de seguridad y ha profundizado los lazos económicos con países en vías de desarrollo; ha aprovechado el legado soviético para posicionarse como defensora del anticolonialismo, contrarrestando la influencia estadounidense a nivel mundial.

Obviamente, estas inversiones políticas ayudaron a Rusia a mitigar el impacto de las sanciones occidentales y a evitar el aislamiento diplomático. Al ampliar sus objetivos bélicos, pasando de la subyugación de Ucrania a la reconfiguración del orden mundial, Rusia proyectó una imagen de fortaleza, que no tiene, al parecer enfrentarse solo a todo Occidente.

Lo más importante es que esta estrategia ayudó a Putin, como dictador de manual, a consolidar el apoyo interno a su régimen. Trabajando finamente los sentimientos chovinistas, ofreció a los rusos la satisfacción de revertir la humillación de la década de 1990 y restaurar la antigua gloria del país. A cambio, podía contar con cierto apoyo interno a la guerra y con la tolerancia hacia su mandato cada vez más represivo.

Sin embargo, tras lo sucedido en Venezuela, muchos rusos sienten envidia. Moscú no ha logrado llevar a cabo una operación similar de cambio de régimen en Ucrania. Este contraste desfavorable socava la narrativa de Putin y podría afectar la estabilidad interna. Para colmo, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, se burló del sistema de defensa aérea venezolano, suministrado por Rusia, por no haber podido impedir la operación estadounidense.

Junto con la caída de Assad, el debilitamiento de Irán y el resurgimiento de los yihadistas en el Sahel a pesar de la presencia del Grupo Wagner, -conocido como Cuerpo Africano-, en la región; lo ocurrido en Venezuela ilustra el declive de la influencia global de Rusia. La captura de Maduro también puso en marcha un efecto dominó en Cuba y Nicaragua, los otros dos aliados de larga data con los que Rusia cuenta en América Latina.

Nada de esto sugiere que Rusia no intente adaptarse. De hecho, es probable que redoble sus esfuerzos, con la llegada de la primavera, para obtener la ventaja en Ucrania y compensar las pérdidas en otros frentes.

Pero, y sin lugar a duda, Estados Unidos ha sentado un precedente que Rusia podría intentar aprovechar de forma oportunista en otros lugares.

El nuevo orden mundial del Siglo XXI

Cuando Rusia emprendió su guerra de agresión contra Ucrania en febrero de 2022, buscaba reescribir las reglas del orden internacional posterior a la Guerra Fría y desafiar a Estados Unidos y su hegemonía global.

Pero, la segunda administración Trump también ha buscado remodelar el orden internacional. Al igual que Moscú, ha abogado por un orden global multipolar en el que la fuerza impone la razón y las grandes potencias tienen derecho a defender sus intereses de seguridad nacional sin muchas restricciones.

Tanto Moscú como Washington han argumentado que tienen derecho a su propia esfera de influencia: el hemisferio occidental para Estados Unidos y el llamado “extranjero cercano” para Rusia, que comprende sus estados vecinos, los que componían la antigua Unión Soviética.

Esto parecía positivo para Moscú: Estados Unidos se centraría en el hemisferio occidental y perseguiría sus intereses estratégicos particulares, incluso a expensas de compromisos anteriores. La alianza occidental comenzó a fracturarse y Rusia podía relajarse y disfrutar de los beneficios.

Sin embargo, al intentar remodelar el orden global, Trump le arrebató la iniciativa a Putin. Ahora Rusia tiene que adaptarse a un orden global redefinido por Trump y sin las limitaciones de las normas e instituciones internacionales.

La lógica de este orden multipolar altamente competitivo dicta que las grandes potencias buscarán obtener ventaja sobre sus adversarios, ya que el equilibrio de poder global se disputa continuamente. Por lo tanto, no hay garantía de que las pretensiones de influencia de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental se traduzcan en que Rusia obtenga una influencia indiscutible sobre su propia región, y mucho menos en una expansión hacia Europa.

La ironía es que a Rusia le habría ido mejor en el orden internacional cuando Occidente priorizaba el diálogo, Europa buscaba evitar la confrontación y Estados Unidos aún se sentía obligado a seguir las reglas. Ahora todo ha cambiado. Como dice el refrán: ten cuidado con lo que deseas.

LV, NV    03/24/2026



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