Se tenía que decir y…

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¿Es este el final del camino para el Irán de los ayatolás?

Hasta el 2025, y durante 46 años, Irán disfrutó de una reputación similar a la de Corea del Norte, versión Oriente Medio: siempre impredecible, imprudente, peligroso, amenazante, nuclear y, no dudarlo, autodestructivo.

Entonces, ¿la “Revolución” iraní realmente fue tan formidable y valió la pena?

Los ayatolás llegaron al poder tras la destitución del Sha y, posteriormente, de los socialistas laicos interinos. Lo hicieron de la manera más violenta posible: violando la inmunidad diplomática y el derecho internacional, tomando rehenes estadounidenses, asesinando a opositores, ejecutando a antiguos partidarios y transformando la más laica y moderna de las naciones musulmanas de Oriente Medio en un reinado medieval, donde se ahorca rutinariamente a homosexuales, adúlteros, opositores políticos y a cualquiera que cuestione la férrea autoridad de los ayatolás.

Eran gente, y lo siguen siendo, despiadada y extremista, pero no contaban con un ejército competente. Heredaron reservas casi ilimitadas de petróleo y gas natural, armas occidentales sofisticadas para ese tiempo y las ciudades modernizadas por el Sha.

Para más bendición, controlaban el estrecho de Ormuz, un punto estratégico clave para el comercio mundial, disfrutando de una ubicación geoestratégica crucial entre Asia y Oriente Medio. Esto alimentó el chovinismo histórico de los dirigentes políticos, religiosos y militares de Irán; junto al resentimiento por el hecho de que la raíz milenaria de la Persia de Oriente Medio no fuera justamente apreciada por sus vecinos árabes.

Entonces, con tantas ventajas naturales, en su mayoría desaprovechadas, ¿por qué ha llegado Irán a este punto de destrucción en el 2026?

Son variados los factores que lo han llevado hasta aquí. Bajo el camuflaje del puritanismo chií, los ayatolás demostraron ser aún más corruptos y mucho más incompetentes que el séquito del Sha. Libraron una destructiva guerra de ocho años contra la sobrevalorada dictadura iraquí de Saddam Hussein. Ahí los dos bandos compitieron para demostar cuál de los dos era más incompetente militarmente.

Durante décadas y detrás de bambalinas; mataron e hirieron a miles de estadounidenses mediante atentados a embajadas, cuarteles y bases estadounidenses en Oriente Medio, sin enfrentarse directamente al ejército de los Estados Unidos.

Enviaron artefactos explosivos improvisados a los insurgentes chiítas, con el objetico explícito de masacrar y mutilar a miles de norteamericano en Irak, y a los talibanes para que hicieran lo mismo en Afganistán.

A la primera señal de protestas populares, el régimen nunca ha dudado en acribillar a miles de manifestantes desarmados. A su propio pueblo.

Y, no olvidar, son unos hipócritas abyectos: odian a Occidente a vox populi, condenan al Gran Satán y, a la vez, envian a sus hijos mimados a formarse en universidades élites estadounidenses. El aparato burocrático y sus lacayos demostraron ser bastante terrenales en su afán de dinero, propiedades, viajes al extranjero y vivir la dolce vita.

Sus estrategias generales nunca fueron difíciles de seguir.

En primer lugar, el odio hacia Occidente los convirtió en agentes útiles para los grandes designios de la entonces Unión Soviética comunista, y posteriormente Rusia oligárquica. A eso sumamos a la China comunista, que en su ascenso como potencia se ha servido del apoyo de este régimen monstruoso.

Las alianzas de la realpolitik iraní con los comunistas seculares se basaban en el quid pro quo de conceder a Rusia y China acceso al Golfo, venderles petróleo y comprarles armas.

En segundo lugar, estan eternamente acomplejados porque los chiítas persas habían sido eclipsados ​​por vecinos árabes sunitas más numerosos que, supuestamente, carecían de su propio abolengo histórico y de una reivindicación más legítima de representar al Islam globalmente.

Así que corregirían esa farsa histórica haciendo todo lo posible por intimidar, aislar y debilitar a las autocracias árabes, especialmente a las prooccidentales.

En tercer lugar, la tan cacareada y planeada destrucción final de Israel garantizaría que el Irán teocrático y chiita recuperara el prestigio y el honor perdidos, logrando lo que el mundo sunita no había podido. Al armar a sus proxis asesinos en el Líbano, Gaza, Siria, Cisjordania y Yemen, crearon una red global de muerte que comprometió la política exterior europea hacia Oriente Medio y aterrorizó a los líderes occidentales y a muchos de sus vecinos árabes.

En cuarto y último lugar, buscaron disminuir el papel de Estados Unidos en el mundo musulmán, expulsarlo de Oriente Medio y librar una guerra no declarada contra ciudadanos y soldados estadounidenses; con la ayuda de sus aliados terroristas.

El apogeo del poder y el prestigio de Irán se produjo durante la presidencia de Obama (2009-2017) y el llamado “Acuerdo con Irán”, que creían que les garantizaría la eventual condición de potencia nuclear. Pero aún más importante, sus adquisiciones masivas de armas aéreas, terrestres y marítimas; así como el empoderamiento de terroristas, junto con sus declaraciones pasivo-agresivas de victimización, intimidaron y persuadieron al presidente Obama a retirar las sanciones.

Pero, mucho peor, Obama creía haber logrado la cuadratura del círculo de neutralizar al supuesto gigante iraní de Oriente Medio al visualizarlo como una víctima empática, y eventualmente como un amigo, si no un aliado.

Irán sería reconocido como el persa y chiíta, justamente agraviado, injustamente acosado por los imperialistas occidentales y sus aliados, los corruptos reinos petroleros árabes, por su ascetismo y valentía en la lucha contra Occidente desde su propio nacimiento en 1979.

Obama remediaría esta “injusticia” fortaleciendo a Irán como contrapeso no solo del mundo árabe sunita, sino también del propio Israel. Este “nuevo comienzo” incluiría una distensión estadounidense con el régimen asesino proiraní de Asad en Siria, la supuesta indiferencia benigna ante la toma del poder en el Líbano por parte de Hezbolá y la defensa de los “palestinos”, que de facto se habían vuelto indistinguibles de los terroristas de Hamás.

Esta tensión creada entre la creciente chiita iraní y un mundo árabe debilitado sería arbitrada ocasionalmente por el propio Obama, cuyo Estados Unidos pasaría de opresor a aliado de los oprimidos.

Así, para 2017, Irán, por alguna razón, era considerado todopoderoso en Oriente Medio con sus misiles, su inminente estatus nuclear y los asesinos de Hamás, Hezbolá y los hutíes, que ultimaban impunemente a occidentales e israelíes año tras año.

Durante los últimos siete presidentes estadounidenses, la sola idea de desafiar militarmente a Irán se había considerado tabú, sobre todo tras las desventuras estadounidenses en Afganistán e Irak.

¿Por qué los presidentes anteriores no exigieron responsabilidades a Irán por sus asesinatos, alimentando así el mito de la invencibilidad iraní? Es una pregunta a la que no se puede responder con facilidad.

Entonces nadie, -quizás ni siquiera los israelíes-, calibraba realmente el verdadero estatus de las armas o la diplomacia iraníes. A pesar de sus enormes ventajas en población, Irán no pudo derrotar a Irak y se vio obligado a enviar niños de 10 años como scouts humanos para limpiar campos minados.

Nunca se enfrentó directamente a Israel, sino que siempre utilizó intermediarios para asesinar judíos, ya sea en el extranjero, como en la masacre en Argentina, o a través de sus brigadas terroristas, las llamadas “anillos de fuego”, que rodeaban las fronteras del Estado judío.

En resumen, nadie parecía darse cuenta —con la excepción de Donald Trump y Benjamín Netanyahu— de que bajo su áspera y fea coraza, el Irán teocrático estaba podrido y decaído por dentro. Su corrupción y el odio de su propio pueblo aseguraron que ni siquiera sus enormes ingresos y el moderno armamento chino y ruso pudieran traducirse en un ejército moderno y letal.

Y en el verano de 2025, israelíes y estadounidenses demostraron por primera vez que Irán era, en efecto, hueco.

Su socio árabe en Siria implosionó en cuestión de semanas, y las supuestas tropas de choque de Hezbolá  fueron diezmadas allí sin compasión.

El temible Hamás subterráneo pudo haber demostrado ser letal en ataques sorpresa contra mujeres, niños y ancianos desarmados, pero fue casi aniquilado por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Los hutíes imitaron la locura de Irán al enviar drones y misiles para bloquear el Mar Rojo y atacar a Israel. Pero Estados Unidos e Israel finalmente les enseñaron que, si bien los hutíes no tenían poder para dañar el interior de sus enemigos, sus oponentes occidentales podían destruir fácilmente sus aeropuertos, puertos, generación de energía y diferentes facilidades de la economía moderna en cuestión de días, y lo harían con gusto si el terrorismo continuaba.

Así es como llegamos, este marzo de 2026, a presenciar la destrucción de la fachada de casi cinco décadas de un ejército iraní supuestamente invencible, la eliminación sistemática de sus líderes teocráticos y el desmantelamiento progresivo de los mandos terroristas de la Guardia Revolucionaria.

El régimen carece de capacidad militar para asegurar su supervivencia. En cambio, sus estrategas asumen que Estados Unidos estará atento a las críticas internas, las inminentes elecciones de medio término, el precio de la gasolina y la presión de los aliados para poner fin a la guerra antes de que la economía mundial se hunda en una recesión.

¿Y qué piensan ahora los teócratas supervivientes? ¿Cuál es su estrategia de supervivencia?

Los remanentes de la teocracia pretenden capear los bombardeos y, en algún momento in extremis, esperar un armisticio mediante “negociaciones”, algo que el presidente norteamericano ha dicho que no sucederá.

Su calculada estrategia final pudiera ser esperar a que terminen los mandatos de Trump y Netanyahu, esperar otro presidente comprensivo como Obama, o un Biden sin ideas preconcebidas, o alguien ideológicamente afín como Mamdani o AOC.

Cuando Trump y Netanyahu dejen el cargo, podrían soñan con usar su petróleo para rearmarse y retomar su papel como aliados de China y Rusia, consiguiendo eventualmente la bomba, y esta vez, quizás usándola.

El Irán teocrático, en sus fantasías, aún cree que, si alguna vez destruyera a Israel con una o dos bombas, el mundo, especialmente dado el recrudecimiento del antisemitismo occidental, quedaría horrorizado, quizás sucediera, … por un día o dos. Luego, reanudaría sus negocios con ellos.

Y esta vez, con una docena de misiles nucleares disuasorios, seguiría el ritual iraní de declaraciones descabelladas, supuestamente dando la bienvenida a una vía nuclear hacia un Paraíso virginal eterno.

Y así, volveríamos al punto de partida.

Entonces. ¿Llegó el final del camino para el Irán de los ayatolás peligrosos, sus proxis asesinos y sus amenazas desquiciadas; o estamos presenciando solamente una pausa hasta que un nuevo ciclo de teócratas se arme con el poder?

LV, NV  03/20/2026



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